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Contemplation: Urging Us Gently

Contemplation: Urging Us Gently 720 571 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

Our Rule is very clear about “hoarding”.[Rule, Part I, 3.14] We are not to hold back the money donated to us in order to save it for later. It is meant for the needs presented to us today; for the neighbor’s rainy day, not our own. For most Conferences, though, the fear of having enough money to hoard does not keep us up at night. We are simply grateful to have enough to help the people who call us.

Money, though, is not our only resource, nor even the most important one. Rather, “giving love, talents, and time is more important than giving money.” [Ibid] This is why, even when we are out of money, we still make home visits. Understanding that our love and presence are the most important things we can offer, we can sometimes feel that we must fight the urge to “hoard” our time and ourselves by resting. After all, we think, if I am still here, I have more of myself to give; if I have not yet collapsed, I have not yet loved God “with all my strength.”

This drive to consume ourselves completely with the work is something that St. Vincent often cautioned against. The reason was simple, “even though God commands us to love Him with all our heart and with all our strength, His Goodness doesn’t, however, want us to go so far as to damage and ruin our health by these acts; no, no! God doesn’t ask us to kill ourselves for that.” [CCD XI:204]

Our bodies, minds, hearts, and spirits need to rest and to be replenished from time to time. If we are not taking the time to reflect upon our work, to share it with each other, and to pray for the neighbors we have visited, we will soon find our hearts emptied and our actions rote. It is important for us to remember this individually and as Conferences. Because we always want to help does not mean that we always truly can. As our first Rule cautioned, “if the members take the charge of too many families they would be led to visit them only in a passing way to do no more for them than just to distribute alms.” [1835 Rule, Art. 22 notes]

We all understand that monthly envelopes or other fundraisers allow us to continue to generously offer material assistance. Fundraising isn’t hoarding. In a similar way, if we truly believe that our presence and our love are the most important things we offer, then we need to allow time for prayer, reflection, and rest to give us an even greater treasury of compassion and love to share.

The poor will always be with us, so the work will never be done, but as St. Vincent cautioned, if we do more than we are able, we will end up unable to do anything. Let’s instead remember that “The spirit of God urges one gently to do the good that can be done reasonably, so that it may be done perseveringly and for a long time.” [CCD I:92]

Contemplate

Do I take the time for rest and prayer so that I can serve the poor cheerfully and gratefully?

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Apostolic Reflection with Rosalie Rendu

Contemplación: Instándonos suavemente

Traducción de Sandra Joya

Nuestra Regla es muy clara respecto a la acumulación de bienes. [Regla, Parte I, 3.14] No debemos retener el dinero que se nos dona para guardarlo para más adelante. Está destinado a las necesidades que se nos presentan hoy; para las necesidades del prójimo, no para las nuestras. Sin embargo, para la mayoría de las Conferencias, el temor de no tener suficiente dinero para acumular no nos quita el sueño. Simplemente estamos agradecidos de tener lo suficiente para ayudar a las personas que nos llaman.

El dinero, sin embargo, no es nuestro único recurso, ni siquiera el más importante. Más bien, “dar amor, talentos y tiempo es más importante que dar dinero”. [Ibíd] Por eso, incluso cuando no tenemos dinero, seguimos haciendo visitas a domicilio. Comprendiendo que nuestro amor y nuestra presencia son lo más importante que podemos ofrecer, a veces sentimos que debemos luchar contra la tentación de “acumular” nuestro tiempo y nuestras energías, descansando. Después de todo, pensamos, si todavía estoy aquí, tengo más de mí para dar; si aún no me he agotado, todavía no he amado a Dios “con todas mis fuerzas”.

Esta tendencia a entregarnos por completo al trabajo es algo contra lo que San Vicente de Paúl a menudo advertía. La razón era simple: “aunque Dios nos manda amarlo con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas, su bondad no quiere, sin embargo, que lleguemos al extremo de dañar y arruinar nuestra salud con estas acciones; ¡no, no! Dios no nos pide que nos matemos por ello”. [CCD XI:204]

Nuestros cuerpos, mentes, corazones y espíritus necesitan descansar y reponerse de vez en cuando. Si no nos tomamos el tiempo para reflexionar sobre nuestro trabajo, para compartirlo entre nosotros y para orar por los vecinos que hemos visitado, pronto sentiremos nuestros corazones vacíos y nuestras acciones mecánicas. Es importante que recordemos esto individualmente y como Conferencias. Que siempre queramos ayudar no significa que siempre podamos hacerlo realmente. Como advertía nuestra primera Regla: “si los miembros se hacen cargo de demasiadas familias, se verían obligados a visitarlas solo de pasada, sin hacer nada más por ellas que distribuir limosnas”. [Regla de 1835, Art. 22 notas]

Todos entendemos que las colectas mensuales u otras actividades de recaudación de fondos nos permiten seguir ofreciendo ayuda material con generosidad. Recaudar fondos no es acumular riquezas. De manera similar, si realmente creemos que nuestra presencia y nuestro amor son lo más importante que podemos ofrecer, entonces necesitamos dedicar tiempo a la oración, la reflexión y el descanso para que podamos tener una reserva aún mayor de compasión y amor para compartir.<

Los pobres siempre estarán con nosotros, por lo que la labor nunca terminará, pero como advirtió San Vicente, si hacemos más de lo que podemos, terminaremos sin poder hacer nada. Recordemos, en cambio, que «El espíritu de Dios nos impulsa suavemente a hacer el bien que se puede hacer razonablemente, para que se haga con perseverancia y durante mucho tiempo». [CCD I:92]<

Contemplar

¿Me tomo el tiempo para descansar y orar para poder servir a los pobres con alegría y gratitud?

El Pozo: Una Refrescante Fuente Vicentina Feb 2026

El Pozo: Una Refrescante Fuente Vicentina Feb 2026 1048 584 Tim Williams

Dilexit Nos y nuestra Vocación

Por Rita St. Pierre, Presidenta del Comité Nacional de Espiritualidad

En la edición de primavera de “El Pozo” 2025, Marge McGinley utilizó una imagen muy inspiradora para ayudarnos a entender la Formación Vicentina: la importancia, de que los jugadores de fútbol puedan comprendan las distintas formaciones en su libro de jugadas.

De hecho, mientras nos esforzamos por vivir nuestra vocación Vicentina, con la oración al Espíritu Santo, también debemos entender nuestro “Manual”, para mantenernos “formados”.  El aprendizaje continuo en todas las áreas de nuestra vida Vicentina es crucial para ayudarnos a mantener el enfoque, guiándonos a servir con compasión y fervor. Los Consejeros Espirituales y Formadores, quienes se comprometen a una formación personal continua, podrán proporcionar todo lo que los otros Vicentinos necesitan para su vida de servicio.

Lo principal de nuestra vocación es ver el rostro de Cristo en los prójimos en necesidad y ser Cristo para ellos. El Papa Francisco escribió una hermosa reflexión: “Dilexit Nos (Él nos amó.”} que profundiza nuestro deseo de ver con los ojos de Cristo. (Hacer clic en el enlace de abajo para leer la reflexión del Papa).

El Papa Francisco señala: “Estamos invitados a reflexionar y a descansar bajo la “mirada” de Jesús, Él que nos ve.”  Se incluyen varias referencias bíblicas que cuentan cómo Jesús miró a las personas y cómo respondió con compasión y amor, mostrándonos, como nosotros podemos hacer lo mismo.

Esta reflexión del Papa Francisco y sus referencias bíblicas serían maravillosas para su uso en una reunión de Conferencia o del Consejo, o en un retiro Vicentino y sin duda, para la oración y reflexión personal.

Ver a través de los ojos de Dios

Por Marge McGinley, Presidenta del Comité Nacional de Formación

Como una vez dijo el beato Federico sobre su hija recién nacida: “No puedo contemplar esa dulce carita, llena de inocencia y pureza, sin ver la imagen del Creador reflejada más claramente en ella que en nosotros… ¿Podría Dios haber elegido un medio más dulce para enseñarme, corregirme y ponerme en el camino al Cielo?”

Al igual que Federico, nunca pensé que podría amar más profundamente que el amor que siento por mis hijos. Era un amor casi indescriptible. ¿Recuerda usted la primera vez que tuvo a su nieto en sus brazos? ¡Y, aun así, está ahí! ¿Es posible que, en esos momentos trascendentales, podamos empezar a comprender la profundidad del amor que Dios tiene por cada uno de nosotros? ¿Podríamos traducir ese amor que experimentamos en ese momento e imitarlo mientras nos acercamos a nuestros prójimos en necesidad? Un amigo mío dijo una vez: “Cuando miro a mi hermano con sus nietos, empiezo a entender cómo debe ser el amor de Dios por nosotros.”

En ese momento, nos damos cuenta de que nada podría separarnos de este niño. Al contemplar este precioso regalo, es de alguna manera diferente a otras experiencias. Quizá seamos más sabios y nos demos cuenta de que la vida está llena de desafíos y que para siempre estaremos vinculados a este niño en nuestros pensamientos y oraciones. ¿Podría ser esto solo una parte de lo que el amor de Dios es para nosotros?

Cuando pasamos tiempo con nuestros prójimos de la comunidad, ¿nos atrevemos a intentar verlos a través de los ojos de Dios? Con la oración vemos la belleza de cada persona a la que servimos. Podemos ver qué cosas buenas aportan a nuestro mundo, frente a lo que les puede faltar. Somos capaces de ver lo valioso y a veces lo frágil que puede ser nuestro prójimo.

Recientemente, mi compañera de visita domiciliaria y yo íbamos a llevar a alguien a una cita relacionada con sus beneficios. Cuando llegamos a su casa para recogerla, nos abrió la puerta muy alterada. Ella dijo: “Es un mal día, no estoy para ello.” Nos invitó a pasar y nos explicó su nivel de ansiedad, y simplemente no podía soportar a un entrevistador en una oficina gubernamental. Sin embargo, pasamos tiempo con ella asegurándole que lo intentaríamos otro día. Al irnos, la señora nos dijo: “No me olvidaran, ¿verdad?” En ese momento, pude entender la mirada de amor de Dios hacia nosotros. “¡No, no la olvidaremos – nunca!”

Un pueblo de Oración

Como Consejeros Espirituales y como Formatores, a menudo se nos pide que dirijamos oraciones, ya sea de forma espontánea, como parte de una reunión o ceremonia, o como un tiempo dedicado a la oración con nuestras Conferencias y Consejos.

Para la mayoría de nosotros, rezar es fácil, pero no siempre es fácil encontrarlas o escribirlas, y mucho menos encontrar o escribir oraciones específicamente Vicentinas.

Por suerte, ¡hay recursos de oración estupendos disponibles para ayudarle!

Recursos de Formación

Una práctica maravillosa para las Conferencias es rezar juntos regularmente el Rosario. Esta devoción Mariana es Vicentina por su propia naturaleza, ¡ya que la Santísima Virgen es la patrona de la Sociedad! Desde la página web del Consejo Nacional, puede descargar e imprimir un Rosario Vicentino, que incluye meditaciones sobre los misterios con un enfoque Vicentino. Está disponible en inglés y en español.

Durante la Cuaresma, el Vía Crucis puede ser un excelente momento para la meditación y la oración compartidas, y los Vías Crucis Vicentinos también están disponibles para descargar e imprimir en inglés y español.

Para las Estaciones y el Rosario, intente asignar a varias personas para dirigir las oraciones y meditaciones cuando las haga.

Para esos momentos en los que solo necesita una oración rápida, pruebe 500 Pequeñas Oraciones para los Vicentinos, o 500  Más Oraciones Pequeñas para  Vicentinos (y en junio también puede usted conseguir Otras 500 Pequeñas Oraciones para los Vicentinos).  También puede descargar  500 y 500 más para leerlos en su móvil (son un poco largos de imprimir en casa). Lo siento, estos son solo en inglés.

Y, por supuesto, las Oraciones de Apertura y Cierre para las Reuniones de la Sociedad deberían usarse realmente en cada reunión. Estas oraciones están disponibles en español o inglés, aparecen en las tarjetas, en el Manual y pueden descargarse o pedir en formato impreso.

Puede encontrar aún más oraciones en la página web para descargar o para pedir en formato impreso.

Los Consejeros y Formadores Espirituales desempeñan un papel clave en lo que la Regla llama “Promover una vida de oración y reflexión, tanto a nivel individual como comunitario, compartiendo con sus compañeros miembros.” [Regla, Parte I, 2.2] ¡Estas sencillas herramientas le ayudarán a conseguirlo!

Quinto Foro de los Miércoles

Para Formadores y Consejeros Espirituales (y otros)

29 de abril, 7:00 p.m., hora del este

Sumérgete en la espiritualidad Vicentina

Ya sea que sea un Formador o Consejero Espiritual nuevo o experimentado, o esté tratando de discernir si está llamado a este servicio, esperamos que se una a nosotros para una sesión de Zoom muy interactiva. Después de una breve presentación, esta será una oportunidad para hacer preguntas y tener conversaciones con los miembros del Comité Nacional y entre todos. Nuestra primera sesión, que le dará un recorrido por los recursos disponibles (dónde encontrarlos y cómo usarlos) es el 29 de octubre.

¡Regístrese ahora para asistir a una o todas las próximas sesiones!

Contemplation: Can I Get a Witness?

Contemplation: Can I Get a Witness? 720 563 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

In the early days of the Vincentian Family, St. Vincent instructed the priests of the Mission to regularly read The Martyrology, a listing of the names and stories of the Church’s martyrs. St. Louise required the Daughters of Charity to read it daily. In this way, they would be reminded of the great cloud of witnesses before them who had truly imitated Christ, which all the faithful are called to do.

The Catholic Church defines martyrdom as “the supreme witness given to the truth of the faith: it means bearing witness even unto death.” [CCC, 2473] At the center of martyrdom is not only the death of the martyr, but the act of witness. Indeed, the very word martyr derives from the Greek word meaning “witness”, and while few of us will ever face the threat of death for our faith, we all are called to bear witness to it. Vincentians, in particular, are called to bear witness, not only in word, but through our actions, “to follow Christ through service to those in need and so bear witness to His compassionate and liberating love.” [Rule, Part I, 1.2]

Vincent, hearing the story of a Daughter of Charity, who, though gravely ill herself, had left her bed to help a sick person, and died from her exertions soon after, suggested that she was, by the witness of her actions, “a martyr to charity.” [CCD X:409] He suggested that “there are several kinds of martyrdom”, and that to be a martyr may not necessarily entail dying in a specific act, but it did require action. In other words, to share the Gospel “not in words but by conforming one’s life to that of Jesus Christ and witnessing His truth and sanctity to the faithful and to unbelievers; consequently, to live and die like that is to be a martyr.” [CCD XI:167ff]

In this same light, Blessed Frédéric argued that “to be a martyr is possible for every Christian”, not by dying instantly, but by giving our whole lives, however long they may be, to God and the neighbor. To be a martyr, he said, is “to give back to heaven all that one has received: his money, his blood, his entire soul.” [90, to Curnier, 1835] For Frédéric, then, a martyr’s life could also end in natural death, after many years, as long as those years are lived as true witnesses to the truth of the faith. In this sense, martyrdom is exemplified by our Vincentian virtue of selflessness, in which we “[die] to our ego with a life of self-sacrifice; members share their time, their possessions, their talents and themselves in a spirit of generosity.” [Rule, Part I, 2.5.1]

By virtue of living, we also are dying. The choice we have before us, then, is not whether to die, but how to live: as observers, or as witnesses, testifying through our example to the faith, to the truth, and to the one true hope that transcends death. As Frédéric reminds us “Religion is less for thinking than for acting and, if it teaches how to live, it is so we may learn how to die.” [70, to Falconnet, 1834]

Contemplate

Do I concern myself more with giving assistance, or with giving witness to Christ’s love?

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Faces of Holiness

Contemplación: ¿Puedo tener un testigo?

Traducción de Sandra Joya

En los primeros tiempos de la Familia Vicentina, San Vicente instruyó a los sacerdotes de la Misión a leer regularmente el Martirologio, una lista de los nombres e historias de los mártires de la Iglesia. Santa Luisa exigió a las Hijas de la Caridad que lo leyeran a diario. De esta manera, recordarían la gran multitud de testigos que les precedieron y que habían imitado verdaderamente a Cristo, algo a lo que todos los fieles están llamados.

La Iglesia Católica define el martirio como «el testimonio supremo dado a la verdad de la fe: significa dar testimonio incluso hasta la muerte». [CIC, 2473] En el centro del martirio no está solo la muerte del mártir, sino el acto de testimonio. De hecho, la palabra mártir deriva de la palabra griega que significa «testigo», y aunque pocos de nosotros nos enfrentaremos a la amenaza de muerte por nuestra fe, todos estamos llamados a dar testimonio de ella. Los vicentinos, en particular, están llamados a dar testimonio, no solo con palabras, sino a través de nuestras acciones, «a seguir a Cristo sirviendo a los necesitados y así dar testimonio de su amor compasivo y liberador». [Regla, Parte I, 1.2]

Vicente, al escuchar la historia de una Hija de la Caridad que, a pesar de estar gravemente enferma, se levantó de su cama para ayudar a una persona enferma y murió poco después a causa del esfuerzo, sugirió que ella era, por el testimonio de sus acciones, «una mártir de la caridad». [CCD X:409] Sugirió que «hay varios tipos de martirio», y que ser mártir no necesariamente implica morir en un acto específico, pero sí requiere acción. En otras palabras, compartir el Evangelio «no con palabras, sino conformando la propia vida a la de Jesucristo y dando testimonio de su verdad y santidad a los fieles y a los no creyentes; en consecuencia, vivir y morir de esa manera es ser mártir». [CCD XI:167ss]

En este mismo sentido, el Beato Federico argumentó que «ser mártir es posible para todo cristiano», no muriendo instantáneamente, sino entregando toda nuestra vida, por larga que sea, a Dios y al prójimo. Ser mártir, dijo, es «devolver al cielo todo lo que se ha recibido: el dinero, la sangre, el alma entera». [90, a Curnier, 1835] Para Frédéric, entonces, la vida de un mártir también podía terminar con una muerte natural, después de muchos años, siempre y cuando esos años se vivieran como verdaderos testigos de la verdad de la fe. En este sentido, el martirio se ejemplifica en nuestra virtud vicentina del desinterés, en la que «morimos a nuestro ego con una vida de abnegación; los miembros comparten su tiempo, sus bienes, sus talentos y a sí mismos con espíritu de generosidad». [Regla, Parte I, 2.5.1]

Por el simple hecho de vivir, también estamos muriendo. La elección que tenemos ante nosotros, entonces, no es si morir, sino cómo vivir: como observadores o como testigos, dando testimonio con nuestro ejemplo de la fe, de la verdad y de la única esperanza verdadera que trasciende la muerte. Como nos recuerda Frédéric: «La religión es menos para pensar que para actuar y, si enseña a vivir, es para que aprendamos a morir». [70, a Falconnet, 1834]

Contemplar

¿Me preocupo más por brindar ayuda o por dar testimonio del amor de Cristo?

Contemplation: The Word

Contemplation: The Word 720 450 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

Most Vincentians are aware that we should not use the word “client” to refer to the neighbors we assist, but this is more than a matter of preference for specific labels, or even euphemisms. The reason we don’t say “client” is not that the word itself is particularly offensive, but simply that it is the wrong word. We shouldn’t say client when we mean neighbor any more than we should say apple when we mean orange. They are different things.

You will search in vain to find the word “client” in the Rule, the Manual, or Holy Scripture. We are called by our Savior not to love our client, but to love our neighbor. He taught us that the neighbor is the one who acts with mercy. It is a mutual relationship based not on proximity, but on love. In a similar way, the Rule calls us to “establish relationships based on trust and friendship”, and to try to understand our neighbor “as we would a brother or sister.” [Rule, Part I, 1.9] All these words – neighbor, friend, brother, sister – are more than mere labels. They are the words Jesus used. They describe not only people, but the relationships between us, in which we share of ourselves for love alone. They are the right words for the people we serve, in whom, Christ reminds us, we serve Him.

The word client, by contrast, derives from a Latin word meaning “to bow before” and was used to describe a vassal, or a dependent. The word often still carries this ancient meaning but it has come also to be commonly used in the context of social welfare agencies. For both of these reasons, it is not the right word for the neighbors we serve, and more importantly, for the manner in which we are called to serve them.

First, the poor are not our dependents in any way. Instead, as Frédéric said, “we are equals in infirmity and – in virtue – often inferior to those we are visiting.” [1372, to the Assembly, 1838] How could it be otherwise? After all, in the poor we “see the suffering Christ.” [Rule, Part I, 1.8] Second, the Society is not a social welfare agency, or a service delivery organization in any sense of those terms. We are Catholic Christians, living our faith through personal service to all “those in need and the forgotten, the victims of exclusion or adversity.” [Rule, Part I, 1.5] We do this not so that they owe us something in return, but to welcome them into community, and to share the gifts we have received through God’s grace.

You may say it is only a word, and that’s true, but God’s eternal Word was made flesh, He was not made client. He is present to us in the poor, so let us resolve always to refer to those we serve as neighbors, brothers, sisters, and friends – not because we are instructed to do so, but because we truly believe that is who they are to us.

Contemplate

Do I truly see the poor as my neighbors, brothers, sisters, and friends?

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The Manual

Contemplación: La Palabra

Traducción de Sandra Joya
La mayoría de los vicentinos saben que no debemos usar la palabra «cliente» para referirnos a los vecinos a quienes ayudamos, pero esto es más que una simple preferencia por ciertas etiquetas o eufemismos. La razón por la que no decimos «cliente» no es que la palabra en sí sea particularmente ofensiva, sino simplemente que es la palabra incorrecta. No debemos decir «cliente» cuando queremos decir «vecino», del mismo modo que no decimos «manzana» cuando queremos decir «naranja». Son cosas diferentes.

Buscarán en vano la palabra «cliente» en la Regla, el Manual o las Sagradas Escrituras. Nuestro Salvador nos llama a amar a nuestro prójimo, no a nuestro cliente. Él nos enseñó que el prójimo es aquel que actúa con misericordia. Es una relación mutua basada no en la proximidad, sino en el amor. De manera similar, la Regla nos llama a «establecer relaciones basadas en la confianza y la amistad», y a intentar comprender a nuestro prójimo «como a un hermano o una hermana». [Regla, Parte I, 1.9] Todas estas palabras —vecino, amigo, hermano, hermana— son más que simples etiquetas. Son las palabras que usó Jesús. Describen no solo a las personas, sino también las relaciones entre nosotros, en las que compartimos lo que somos por puro amor. Son las palabras adecuadas para las personas a quienes servimos, en quienes, como nos recuerda Cristo, lo servimos a Él.

La palabra «cliente», en cambio, deriva de una palabra latina que significa «inclinarse ante» y se usaba para describir a un vasallo o dependiente. La palabra a menudo conserva este antiguo significado, pero también se ha llegado a usar comúnmente en el contexto de las agencias de bienestar social. Por ambas razones, no es la palabra adecuada para los vecinos a quienes servimos y, lo que es más importante, para la manera en que estamos llamados a servirles.

En primer lugar, los pobres no son nuestros dependientes de ninguna manera. Al contrario, como dijo Frédéric, «somos iguales en la fragilidad y, en virtud, a menudo inferiores a aquellos a quienes visitamos». [1372, a la Asamblea, 1838] ¿Cómo podría ser de otra manera? Después de todo, en los pobres «vemos a Cristo sufriente». [Regla, Parte I, 1.8] En segundo lugar, la Sociedad no es una agencia de bienestar social ni una organización de prestación de servicios en ningún sentido de estos términos. Somos cristianos católicos y vivimos nuestra fe a través del servicio personal a todos «los necesitados y olvidados, las víctimas de la exclusión o la adversidad». [Regla, Parte I, 1.5] Hacemos esto no para que nos deban algo a cambio, sino para acogerlos en nuestra comunidad y compartir los dones que hemos recibido por la gracia de Dios.

Podrán decir que es solo una palabra, y es cierto, pero la Palabra eterna de Dios se hizo carne, no se hizo cliente. Él está presente entre nosotros en los pobres, así que propongámonos referirnos siempre a quienes servimos como vecinos, hermanos, hermanas y amigos, no porque se nos haya ordenado, sino porque creemos de verdad que eso es lo que son para nosotros.
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Contemplar

¿Veo realmente a los pobres como mis vecinos, hermanos, hermanas y amigos?

Contemplation: Spiritual Refraction

Contemplation: Spiritual Refraction 720 448 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

In order to grow in holiness together, as our Rule calls us to do, it is essential that we take the time to truly reflect on our experiences, our growth, and our understanding both individually and with each other.

When we think of “reflecting” in its most common usage, we think of a mirror, which casts back all the light that shines on it, in every detail, and every color. In a similar way, when we reflect, we take our thoughts, our prayers, our growth, our doubts – in short, ourselves – and consider them in the Divine Light; the light of the Gospel, the light of life. In doing so, we seek to grow closer to God by learning to mirror His example, His Light, in our lives.

Each of us “shares in the light of the divine mind” [GS, 15], but no one of us is its source. True reflection, then, begins when we “seek the light at its source, which is to say, in the heart of God”. [34, to Falconnet, 1831] Even a glimpse of God’s own light can be overwhelming, and nobody can expect to reflect it perfectly all at once. Yet by creating us to live in community, God shows us the way, just as our Rule does: we grow together towards holiness. [Rule, Part I, 2.2] This is the reason for the reflections that we do as part of every Conference meeting. It is also the reason that the practice of apostolic reflection is the most fruitful.

In apostolic reflection, our sharing begins with listening to one another, with allowing the insights and growth of our friends penetrate our own hearts. In doing so, those insights will in turn change our own understanding of God’s plan for us. And so, we reflect back each other’s thoughts, mingled with our own, in the hope that the light we form will become more perfect. None of us alone is God, but we are all part of one body, and when we act and reflect as one, we each can be the instruments of one another’s salvation.

We are not perfect mirrors, nor are we meant to be. Instead, though each of us is created in God’s image, we each are also unique and unrepeatable [CSDC 131] God’s light shines upon us and within us, bursting forth in our actions and prayers, not reflected but refracted, moved by and moving our own hearts and lives, shining forth in all the colors that originate in the heart of God and the light of the world.

We begin by seeking to reflect the light that God gives us within our own thoughts and prayers, and then, by refracting it as our individual pieces of that light, we hope to unite them all as one in order to better share His light with the world.

Contemplate

Do I seek the True Light within myself and others in prayer, meditation, and sharing?

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Apostolic Reflection with Rosalie Rendu

Contemplación: Refracción espiritual

Traducción de Sandra Joya

Para crecer juntos en santidad, como nos llama a hacer nuestra Regla, es esencial que nos tomemos el tiempo para reflexionar verdaderamente sobre nuestras experiencias, nuestro crecimiento y nuestra comprensión, tanto individualmente como en comunidad.

Cuando pensamos en «reflexionar» en su sentido más común, pensamos en un espejo, que refleja toda la luz que incide sobre él, con cada detalle y cada color. De manera similar, cuando reflexionamos, tomamos nuestros pensamientos, nuestras oraciones, nuestro crecimiento, nuestras dudas —en resumen, a nosotros mismos— y los consideramos a la luz divina; la luz del Evangelio, la luz de la vida. Al hacerlo, buscamos acercarnos a Dios aprendiendo a reflejar su ejemplo, su luz, en nuestras vidas.

Cada uno de nosotros «participa de la luz de la mente divina» [GS, 15], pero ninguno de nosotros es su fuente. La verdadera reflexión, entonces, comienza cuando «buscamos la luz en su fuente, es decir, en el corazón de Dios». [34, a Falconnet, 1831] Incluso un atisbo de la luz de Dios puede ser abrumador, y nadie puede esperar reflejarla perfectamente de inmediato. Sin embargo, al crearnos para vivir en comunidad, Dios nos muestra el camino, al igual que nuestra Regla: crecemos juntos hacia la santidad. [Regla, Parte I, 2.2] Esta es la razón de las reflexiones que realizamos como parte de cada reunión de la Conferencia. También es la razón por la que la práctica de la reflexión apostólica es la más fructífera.

En la reflexión apostólica, nuestro compartir comienza escuchándonos unos a otros, permitiendo que las ideas y el crecimiento de nuestros amigos penetren en nuestros propios corazones. Al hacerlo, esas ideas, a su vez, cambiarán nuestra propia comprensión del plan de Dios para nosotros. Y así, reflejamos los pensamientos de los demás, mezclados con los nuestros, con la esperanza de que la luz que formamos se vuelva más perfecta. Ninguno de nosotros solo es Dios, pero todos formamos parte de un solo cuerpo, y cuando actuamos y reflexionamos como uno solo, cada uno puede ser instrumento de la salvación del otro.

No somos espejos perfectos, ni estamos destinados a serlo. En cambio, aunque cada uno de nosotros ha sido creado a imagen de Dios, también somos únicos e irrepetibles [CSDC 131]. La luz de Dios brilla sobre nosotros y dentro de nosotros, manifestándose en nuestras acciones y oraciones, no reflejada sino refractada, conmoviendo nuestros corazones y vidas, e irradiando en todos los colores que provienen del corazón de Dios y de la luz del mundo.

Comenzamos buscando reflejar la luz que Dios nos da en nuestros propios pensamientos y oraciones, y luego, al refractarla como fragmentos individuales de esa luz, esperamos unirlos todos en uno solo para compartir mejor Su luz con el mundo.

Contemplar

¿Busco la Verdadera Luz en mí mismo y en los demás a través de la oración, la meditación y el diálogo?

Contemplation: At the Center

Contemplation: At the Center 720 451 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

Shortly after the election of Pope Francis in 2013, photos of the crowd awaiting his first appearance were published alongside photos of an earlier crowd awaiting the appearance of Pope Benedict XVI. In 2005, the massive crowd simply stood waiting. Eight years later, they held thousands of phones aloft in order to record what was to come. It seems that, as cameras have become ubiquitous, we seek to chronicle as much as we can, often at the expense of truly experiencing it in the first place. We risk ending up with more photos on our phones than memories in our minds.

In a similar way, on our home visits, we sometimes seek to learn, and write down, everything that can be known, like the gentile in the famous Talmudic story, who demanded to be taught the entire law while standing on one foot. We bring along clipboards holding forms with a hundred boxes that we feel bound and committed to fill, and sometimes begin to focus more on that clipboard than on the person before us, just as so many in that 2013 crowd stared at their cameras instead of Pope Francis. What do they – and we – truly remember from our encounters? What greater understanding do we gain from a page of notes or a picture than what is revealed through an encounter in which we are fully present?

Our Manual reminds us, in the context of confidentiality, that “Because people tend to share personal information more freely with their Vincentian visitors in the relaxed atmosphere of their own homes, Society members should be careful to record only what is essential to serve them.” [Manual, 21] It’s okay to take notes, of course, but the more we record, the more we ensure that very little on our pages of notes will be at all necessary, much less essential, to serve them. As the Manual suggests, the more we record, the less we demonstrate our commitment to confidentiality. In turn, the less we truly respect the dignity of the neighbor

It is possible, in our day and age, to record everything. It is not possible, in any day and age, to experience everything twice. Our home visits are not an occasion to record, but to experience, to listen, and to try to understand. We are not there to inventory lives, or to audit the books, we are there to listen to our neighbors “with [our] hearts, beyond all words and appearances.” [Rule, Part I, 1.11] We “seek to understand them as [we] would a brother or sister.” [Rule, Part I, 1.9]

All we really need in order to pay an electric bill is a copy of the bill, but paying a bill is not the most important reason we are there. We are there to form relationships. We are there to share God’s love and Christ’s hope through our loving and humble presence. We do that best not by seeking all the knowledge in the room, but by remembering that God is at its center. This should be easy to remember on a home visit. After all, He is sitting right in front of us.

Contemplate

Do I allow myself to be distracted from the encounter by a desire to “write it all down”?

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Contemplación: En el centro

Traducción de Sandra Joya
Poco después de la elección del Papa Francisco en 2013, se publicaron fotos de la multitud que esperaba su primera aparición, junto con fotos de una multitud anterior que esperaba la aparición del Papa Benedicto XVI. En 2005, la multitud simplemente esperaba de pie. Ocho años después, sostenían miles de teléfonos en alto para grabar lo que iba a suceder. Parece que, a medida que las cámaras se han vuelto omnipresentes, buscamos documentar todo lo que podemos, a menudo a expensas de experimentarlo realmente en primer lugar. Corremos el riesgo de terminar con más fotos en nuestros teléfonos que recuerdos en nuestra mente.

De manera similar, en nuestras visitas a domicilio, a veces buscamos aprender y anotar todo lo que se puede saber, como el gentil de la famosa historia talmúdica, que exigió que le enseñaran toda la ley mientras estaba parado sobre un solo pie. Llevamos consigo portapapeles con formularios con cien casillas que nos sentimos obligados a llenar, y a veces comenzamos a concentrarnos más en el portapapeles que en la persona que tenemos delante, al igual que muchos en esa multitud de 2013 miraban sus cámaras en lugar del Papa Francisco. ¿Qué recuerdan realmente ellos, y nosotros, de nuestros encuentros? ¿Qué mayor comprensión obtenemos de una página de notas o una fotografía que la que se revela a través de un encuentro en el que estamos plenamente presentes?

Nuestro Manual nos recuerda, en el contexto de la confidencialidad, que “Dado que las personas tienden a compartir información personal con mayor libertad con sus visitantes vicentinos en la atmósfera relajada de sus propios hogares, los miembros de la Sociedad deben tener cuidado de registrar solo lo que es esencial para servirles”. [Manual, 21] Está bien tomar notas, por supuesto, pero cuanto más registramos, más nos aseguramos de que muy poco de lo que anotamos será necesario, y mucho menos esencial, para servirles. Como sugiere el Manual, cuanto más registramos, menos demostramos nuestro compromiso con la confidencialidad. A su vez, menos respetamos verdaderamente la dignidad del prójimo.

Es posible, en nuestra época, grabar todo. No es posible, en ninguna época, experimentar todo dos veces. Nuestras visitas a domicilio no son una ocasión para grabar, sino para experimentar, escuchar e intentar comprender. No estamos allí para hacer un inventario de vidas ni para auditar las cuentas; estamos allí para escuchar a nuestros vecinos «con el corazón, más allá de las palabras y las apariencias». [Regla, Parte I, 1.11] Buscamos comprenderlos «como a un hermano o una hermana». [Regla, Parte I, 1.9]

Para pagar una factura de electricidad, solo necesitamos una copia de la factura, pero pagar una factura no es la razón más importante por la que estamos allí. Estamos allí para forjar relaciones. Estamos allí para compartir el amor de Dios y la esperanza de Cristo a través de nuestra presencia amorosa y humilde. Lo logramos mejor no buscando obtener todo el conocimiento posible, sino recordando que Dios está en el centro de todo. Esto debería ser fácil de recordar durante una visita a domicilio. Después de todo, Él está sentado justo frente a nosotros.

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¿Me dejo distraer del encuentro por el deseo de «anotarlo todo»?

Contemplation: Every Moment of Our Lives

Contemplation: Every Moment of Our Lives 720 451 Tim Williams

Leer en Español

By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

To answer a call to volunteer is to do something. To answer a call to vocation is to be something. This distinction is at the heart of what it means to be a member of the Society. While it is certainly true that membership, by virtue of not being paid, is voluntary, it is equally true that being a Vincentian is not bounded by the hours we spend in meetings or in service to the poor. Rather, this is “a vocation for every moment of our lives”. [Rule, Part I, 2.6] We are not merely volunteers; we are Vincentians.

What does it mean, though, to be a Vincentian in every moment of our lives? It can’t mean that we continuously visit the poor at the expense of our jobs and families. St. Vincent was clear that rest from the work was as important as the work itself, advising his followers to “not take on anything beyond your strength, do not be anxious, do not take things too much to heart, go gently, do not work too long or too hard.” [CCD IV:146] The reason was simple – we must increase our strength, he said, because “you need it, or, in any case, the public does.” [CCD I:392]

So, how, then, beyond Conference Meetings, home visits, retreats, and other works, do we make every moment of our lives “Vincentian”? We recall that in virtue, we become by doing; we act with simplicity, and become simple; we act with humility and become humble; we act with gentleness, selflessness, and zeal, in order to become gentle, selfless, and zealous in our faith. These five virtues are our essential virtues – the essence of being Vincentian. They do not cease to be important once the Conference Meeting adjourns. In a similar way, our empathy and our love are not limited only to some times, places, and relationships. Rather, the transformative grace we seek through our works in the Society makes us different, and hopefully better, people. Our works, our virtues, our essential elements, our reflection and prayer – all these lead us to be “more sensitive and caring in [our] family, work and leisure activities.” [Rule, Part I, 2.6] We cannot be one kind of Vincentian and another kind of person.

As in so many things, Blessed Frédéric is a model for us. He lived his family and his professional lives as apostolates, with Christ at the center always. His best known writings on social issues were published in l’Ere Nouvelle (the New Era), a newspaper he founded not as a Vincentian, or on behalf of the Society, but as an engaged citizen, dedicating his God-given talents, informed by his service to the poor, to bring the light of the Gospel into the public dialog.

Our journey towards holiness is meant not only to make us better servants of the poor, but to make us better husbands, wives, fathers, mothers, sons, daughters, neighbors, friends, workers, citizens, and Christians. That would be a lot to ask a volunteer to do, but through the transformative grace we receive in this vocation, is not too much for a Vincentian to be.

Contemplate

Am I truly Vincentian at work? At school? At play? At home? At all times?

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Contemplación: Cada momento de nuestras vida

Traducción de Sandra Joya

Responder a un llamado al voluntariado es hacer algo. Responder a un llamado a la vocación es ser algo. Esta distinción es fundamental para comprender lo que significa ser miembro de la Sociedad. Si bien es cierto que la membresía, al no ser remunerada, es voluntaria, también es cierto que ser vicentino no se limita a las horas que dedicamos a las reuniones o al servicio a los pobres. Más bien, se trata de “una vocación para cada momento de nuestras vidas”. [Regla, Parte I, 2.6] No somos simplemente voluntarios; somos vicentinos.

¿Qué significa, entonces, ser vicentino en cada momento de nuestras vidas? No puede significar que visitemos continuamente a los pobres a expensas de nuestros trabajos y familias. San Vicente de Paúl dejó claro que el descanso era tan importante como el trabajo en sí, aconsejando a sus seguidores: “No emprendan nada que supere sus fuerzas, no se angustien, no se tomen las cosas demasiado a pecho, actúen con calma, no trabajen demasiado ni con demasiada intensidad”. [CCD IV:146] La razón era simple: debemos fortalecer nuestras fuerzas, decía, porque “las necesitan, o, en cualquier caso, la sociedad las necesita”. [CCD I:392]

Entonces, ¿cómo, más allá de las reuniones de la Conferencia, las visitas a domicilio, los retiros y otras obras, hacemos que cada momento de nuestras vidas sea “vicentino”? Recordamos que en la virtud, nos transformamos a través de la acción; actuamos con sencillez y nos volvemos sencillos; actuamos con humildad y nos volvemos humildes; actuamos con mansedumbre, altruismo y celo, para llegar a ser mansos, altruistas y celosos en nuestra fe. Estas cinco virtudes son nuestras virtudes esenciales: la esencia de ser vicentino. No dejan de ser importantes una vez que termina la reunión de la Conferencia. De manera similar, nuestra empatía y nuestro amor no se limitan solo a ciertos momentos, lugares y relaciones. Más bien, la gracia transformadora que buscamos a través de nuestras obras en la Sociedad nos hace personas diferentes y, con suerte, mejores. Nuestras obras, nuestras virtudes, nuestros elementos esenciales, nuestra reflexión y oración: todo esto nos lleva a ser “más sensibles y atentos en nuestra familia, trabajo y actividades de ocio”. [Regla, Parte I, 2.6] No podemos ser un tipo de vicentino y otro tipo de persona.

Como en tantas cosas, el Beato Federico es un modelo para nosotros. Vivió su vida familiar y profesional como apostolados, con Cristo siempre en el centro. Sus escritos más conocidos sobre temas sociales se publicaron en L’Ere Nouvelle (La Nueva Era), un periódico que fundó no como vicentino ni en nombre de la Sociedad, sino como ciudadano comprometido, dedicando los talentos que Dios le había dado, inspirados por su servicio a los pobres, a llevar la luz del Evangelio al diálogo público.

Nuestro camino hacia la santidad no solo busca convertirnos en mejores servidores de los pobres, sino también en mejores esposos, esposas, padres, madres, hijos, hijas, vecinos, amigos, trabajadores, ciudadanos y cristianos. Esto podría parecer mucho para un voluntario, pero gracias a la gracia transformadora que recibimos en esta vocación, no es demasiado para un vicentino.

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¿Soy verdaderamente vicentino en el trabajo? ¿En la escuela? ¿En mis momentos de ocio? ¿En casa? ¿En todo momento?

Contemplation: Credit Where It Is Due

Contemplation: Credit Where It Is Due 720 446 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

When our personal efforts pay off with the results we’d hoped for, we naturally feel a sense of exhilaration, and even pride in our accomplishment. We pat ourselves on the back a little bit, hang a certificate on the wall, or put a trophy on a shelf. We tend to do the same thing collectively, too, when the group we are part of tallies up the results of our work. As part of the group, we feel as if we all share the credit. But does this sort of pride advance our mission in the Society of St. Vincent de Paul?

Blessed Frédéric, reporting on the early works of the Conferences in Lyon, noted that the results were “modest, but fortunate”, quickly adding that “We can build our hope only on the foundation of God’s blessing, on the support of our patron saint, and on our alliance with each other.” [1361, Report, 1837] In other words, no good results are possible without God’s blessing, Vincent’s intercession, and our commitment to work together. We are responsible for what we put into it – to God alone goes the credit of any achievement that results.

Vincent often reminded his followers that their very organization was entirely the work of God. “It wasn’t [Louise]; she didn’t think of it!. As for me, alas! it never occurred to me.” [CCD IX:358] The Daughters of Charity, the Congregation of the Mission, and we, the Society of St Vincent de Paul, are not the authors of our works. We are only humbly answering God’s call to do His work, and if we are committed to doing His will, we can have faith that the results will also be His will, and therefore entirely to His credit, not our own.

Advising his younger cousin Ernest Falconnet’s, Frédéric explained that “one must not make a goal of [glory], but instead accept it as a blessing” for “the good man does not spread word of his good deed to gain recognition”. [32, to Falconnet, 1831] Humility demands of us that we never lose sight of God’s grace, which alone is responsible for any good we may achieve. This applies both individually and collectively.

Vincent once recalled that his mentor, St. Francis de Sales, renowned for his writing and his preaching, recognized that even his great personal gifts were not to his own credit. He recalled Francis saying, “I noticed…that something went out from me, not through any inspiration of mine and with no forethought, in a way of which I am totally ignorant, but uttered by me through divine impulse.” [CCD XIIIa:82]

Like Francis de Sales, “Vincentians seek to draw closer to Christ. They hope that someday it will be no longer they who love, but Christ who loves through them.” [Rule, Part I, 2.1] The closer we come to this ideal, the less we will need to remind ourselves that it is He, not us, who alone is responsible for all the good we may do. We claim no glory for ourselves, but if it is Christ who loves through us, then the only reminder of glory we need on our walls is the crucifix through which our eternal reward is earned.

Contemplate

Am I content to participate with quiet gratitude in God’s work?

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‘Tis a Gift to be Simple

Contemplación: Reconocimiento merecido

Traducción de Sandra Joya

Cuando nuestros esfuerzos personales dan los frutos que esperábamos, naturalmente sentimos una gran alegría, e incluso orgullo por nuestro logro. Nos felicitamos a nosotros mismos, colgamos un certificado en la pared o colocamos un trofeo en una estantería. Solemos hacer lo mismo colectivamente, cuando el grupo al que pertenecemos evalúa los resultados de nuestro trabajo. Como parte del grupo, sentimos que todos compartimos el mérito. Pero, ¿este tipo de orgullo contribuye a nuestra misión en la Sociedad de San Vicente de Paúl?

El Beato Federico, al informar sobre las primeras obras de las Conferencias en Lyon, señaló que los resultados eran «modestos, pero afortunados», añadiendo rápidamente que «Solo podemos fundamentar nuestra esperanza en la bendición de Dios, en el apoyo de nuestro santo patrón y en nuestra unión entre nosotros». [1361, Informe, 1837] En otras palabras, no es posible obtener buenos resultados sin la bendición de Dios, la intercesión de San Vicente y nuestro compromiso de trabajar juntos. Somos responsables de lo que aportamos; solo a Dios corresponde el mérito de cualquier logro que se obtenga.

San Vicente recordaba a menudo a sus seguidores que su organización era enteramente obra de Dios. «No fue [Luisa]; ¡ella no pensó en ello! En cuanto a mí, ¡ay!, nunca se me ocurrió». ​​[CCD IX:358] Las Hijas de la Caridad, la Congregación de la Misión y nosotros, la Sociedad de San Vicente de Paúl, no somos los autores de nuestras obras. Solo respondemos humildemente al llamado de Dios para hacer su obra, y si estamos comprometidos a cumplir su voluntad, podemos tener fe en que los resultados también serán su voluntad y, por lo tanto, el mérito será enteramente suyo, no nuestro.

Al aconsejar a su primo menor, Ernest Falconnet, Federico le explicó que «no se debe buscar la gloria como un fin, sino aceptarla como una bendición», porque «el hombre bueno no divulga sus buenas acciones para obtener reconocimiento». [32, a Falconnet, 1831] La humildad nos exige que nunca perdamos de vista la gracia de Dios, que es la única responsable de cualquier bien que podamos lograr. Esto se aplica tanto individual como colectivamente. Vincent recordó una vez que su mentor, San Francisco de Sales, reconocido por sus escritos y su predicación, reconocía que incluso sus grandes dones personales no eran mérito propio. Recordó que Francisco decía: «Me di cuenta de que algo emanaba de mí, no por inspiración mía ni con premeditación, de una manera que desconozco por completo, sino que lo expresaba por impulso divino». [CCD XIIIa:82]

Al igual que Francisco de Sales, «los vicentinos buscan acercarse a Cristo. Esperan que algún día ya no sean ellos quienes amen, sino Cristo quien ame a través de ellos». [Regla, Parte I, 2.1] Cuanto más nos acerquemos a este ideal, menos necesitaremos recordarnos que es Él, y no nosotros, el único responsable de todo el bien que podamos hacer. No buscamos la gloria para nosotros mismos, pero si es Cristo quien ama a través de nosotros, entonces el único recordatorio de gloria que necesitamos en nuestras paredes es el crucifijo, a través del cual se obtiene nuestra recompensa eterna.

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¿Me conformo con participar con humilde gratitud en la obra de Dios?

Contemplation: To Hear and to Answer the Call

Contemplation: To Hear and to Answer the Call 720 402 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

To be a member of the Society of St Vincent de Paul is not merely to volunteer, because to volunteer is to do something. Vincentians are not called simply to do something, but rather to be something. That is the nature of a calling, or vocation. The largest and most fundamental calling of all Christians is the universal call to holiness. [LG, Ch. 5] We are called to be holy. Yet we know that each of us takes a specific and individual pathway towards that goal, and that the universal calling must by necessity include smaller, more specific, and more individual calls to each of us.

Most of us were first called to this vocation by another member, either by way of a pulpit talk, or a personal invitation. When we consider that this vocation is a call from God, we should often reflect that it was the Holy Spirit who inspired and sent that person to deliver His invitation to us. We should allow this thought to lead us toward seeking His inspiration in all people, for we cannot know in advance who will be inspired by the Holy Spirit.

Consider in particular the neighbors seeking assistance who literally call us personally to them. They may dial the conference help line, in other words, but the call comes to you. From the beginning the Society has regarded our service to the neighbors to be “the means and not the end of our association.” [182, to Lallier, 1838] Viewed in this way, then, how would it change us, how would it guide our encounter with the neighbors, if we go to them already disposed not only to finding Christ in them, but with the understanding that theirs is a very specific call meant to guide us personally closer to holiness?

The way to holiness seems long – at least as long as a human lifetime. That we all are called to the same holiness makes its attainment no less daunting a goal. After all, how many of us even work in the same occupation at age fifty that we had envisioned for ourselves in our youth? We walk a winding path through life, rarely able to see far ahead with any accuracy or certainty. To trust in providence is to trust that God will continue to guide us on this winding road, picking us up when we stumble, leading us to Him, calling us again and again through the people and experiences of our lives – if we keep our hearts open to hear Him.

As Blessed Frédéric once asked, “so long as the traveler sees ten steps ahead of him, will he not arrive just as well as if he had the architect’s plan before his very eyes?” [70, to Falconnet, 1834] God’s call to all of us is great, and thundering, and universal. His call to each of us is a whisper in the storm, a tap on the shoulder, the smile of a stranger, a feeling of contentment, a sigh, a vision, or a fleeting thought. In the person of the neighbor, He calls us. In faith and in love, we answer, and each time that we do, we draw closer to the loving God who wants nothing more than for us to be one with Him in love.

Contemplate

Do I listen carefully for God’s call in the people and events of my life – especially in the neighbor?

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Letters of Frédéric Ozanam

Contemplación: Escuchar y responder al llamado

Traducción de Sandra Joya

Ser miembro de la Sociedad de San Vicente de Paúl no es simplemente ser voluntario, porque ser voluntario es hacer algo. Los vicentinos no están llamados simplemente a hacer algo, sino a ser algo. Esa es la naturaleza de un llamado o vocación. El llamado más grande y fundamental de todos los cristianos es el llamado universal a la santidad. [LG, Cap. 5] Estamos llamados a ser santos. Sin embargo, sabemos que cada uno de nosotros recorre un camino específico e individual hacia esa meta, y que el llamado universal debe incluir necesariamente llamados más pequeños, más específicos e individuales para cada uno de nosotros.

La mayoría de nosotros fuimos llamados a esta vocación por otro miembro, ya sea a través de una charla en el púlpito o una invitación personal. Cuando consideramos que esta vocación es un llamado de Dios, debemos reflexionar a menudo que fue el Espíritu Santo quien inspiró y envió a esa persona para que nos transmitiera Su invitación. Debemos permitir que este pensamiento nos lleve a buscar Su inspiración en todas las personas, porque no podemos saber de antemano quién será inspirado por el Espíritu Santo.

Consideremos en particular a los vecinos que buscan ayuda y que literalmente nos llaman personalmente. Pueden llamar a la línea de ayuda de la conferencia, en otras palabras, pero la llamada llega a nosotros. Desde sus inicios, la Sociedad ha considerado nuestro servicio a los vecinos como “el medio y no el fin de nuestra asociación”. [182, a Lallier, 1838] Visto de esta manera, ¿cómo nos transformaría, cómo guiaría nuestro encuentro con los vecinos, si acudimos a ellos ya dispuestos no solo a encontrar a Cristo en ellos, sino con la comprensión de que el suyo es un llamado muy específico destinado a guiarnos personalmente hacia la santidad?

El camino a la santidad parece largo, al menos tan largo como una vida humana. Que todos estemos llamados a la misma santidad no hace que su consecución sea una meta menos desalentadora. Después de todo, ¿cuántos de nosotros trabajamos a los cincuenta años en la misma profesión que habíamos imaginado en nuestra juventud? Recorremos un camino sinuoso a lo largo de la vida, rara vez capaces de ver con precisión o certeza lo que nos depara el futuro. Confiar en la providencia es confiar en que Dios seguirá guiándonos en este camino sinuoso, levantándonos cuando tropecemos, conduciéndonos hacia Él, llamándonos una y otra vez a través de las personas y las experiencias de nuestra vida, si mantenemos nuestros corazones abiertos para escucharlo.

Como preguntó una vez el Beato Federico, “¿acaso el viajero no llegará a su destino si ve diez pasos por delante, del mismo modo que si tuviera el plano del arquitecto ante sus ojos?” [70, a Falconnet, 1834]. El llamado de Dios a todos nosotros es grande, resonante y universal. Su llamado a cada uno de nosotros es un susurro en medio de la tormenta, una palmada en el hombro, la sonrisa de un desconocido, una sensación de paz, un suspiro, una visión o un pensamiento fugaz. En la persona del prójimo, Él nos llama. Con fe y amor, respondemos, y cada vez que lo hacemos, nos acercamos al Dios amoroso que no desea otra cosa que seamos uno con Él en el amor.

Contemplar

¿Escucho atentamente el llamado de Dios en las personas y los acontecimientos de mi vida, especialmente en mi prójimo?

Contemplation: To Love as We are Loved

Contemplation: To Love as We are Loved 720 401 Tim Williams

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By Timothy P. Williams, Senior Director of Formation and Leadership Development 

Monsignor Louis Baunard, a biographer of Blessed Frédéric, once cited the Greatest Commandment to ask “is not all that the Rule, the work, and the end of the Society of St. Vincent de Paul?” [Baunard, 416] Indeed, when our Rule reminds us that we serve “for love alone”, it is in exactly the sense that Christ commands us to love God and neighbor with the same love; the very love that God gives us.

What does it mean, then, to love the neighbor with all our heart, all our soul, all our mind, and all our strength? To love with all our heart seems most natural. To see another person suffering tugs at our hearts, causing us to share in their suffering through our own tears and our own empathy. “We can’t see someone suffering without suffering along with him, or see someone cry without crying as well,” St Vincent said, “This is an act of love.” [CCD XII:221] It is an emotional connection, a connection with our very core, with the part of us that also feels the warmth of God’s love when we look at a sunset or count our blessings. To give the neighbor our hearts, through our empathy and our words, is to love.

To love with all our soul calls us to a deeper sharing with the neighbor and with God. This love calls us to recognize the mysterious connection of all those created in God’s image, to see one another not as individual competitors for scarce resources of food, shelter, or God’s grace, but as brothers and sisters, seated at the same table, united by the Holy Spirit, redeemed by the same Savior, and sharing in the abundance of our God’s providence. To love with all our soul is not to ask what help the neighbor “deserves” but rather to ask ourselves what is our own “second coat”.

To love with all our minds is to seek fully to apply our gift of reason to the challenges of poverty; to seek to understand the circumstances that cause the neighbor’s deprivation, which in turn may be separating him from community and from the hope of God’s promise. To love the neighbor with all our minds calls us to work creatively to build a community in which there is greater opportunity and greater love. To love with all our minds is not a simple calculation, but an ongoing dialog, a seeking of common ground, a commitment to accomplish the good that can be accomplished.

To love with all our strength calls us to do more than to feel, or to think, or to talk. To love with all our strength calls us to act. “All our reasons are fruitless,” St Vincent explained, “If they don’t go on to action.” [CCD XI:175] And so we Vincentians, in the model of our patron, and in the words of our founder, “go to the poor”,  bringing them the comfort of our hearts, the solidarity of our souls, the understanding of our minds, and … a piece of bread, an hour of time, a listening ear, and a loving presence.

Contemplate

Do my heart, soul, and mind always accompany me on my visits to the neighbor?

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15 Days of Prayer with Blessed Frédéric Ozanam

Contemplación: Amar como somos amados

Traducción de Sandra Joya

Monseñor Louis Baunard, biógrafo del Beato Federico, citó una vez el Gran Mandamiento para preguntar: “¿No es acaso esto la Regla, la obra y el fin de la Sociedad de San Vicente de Paúl?” [Baunard, 416] En efecto, cuando nuestra Regla nos recuerda que servimos “por amor solamente”, lo hace precisamente en el sentido en que Cristo nos manda amar a Dios y al prójimo con el mismo amor; el mismo amor que Dios nos da.

¿Qué significa, entonces, amar al prójimo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas? Amar con todo el corazón parece lo más natural. Ver a otra persona sufrir nos conmueve profundamente, impulsándonos a compartir su sufrimiento a través de nuestras propias lágrimas y nuestra empatía. “No podemos ver a alguien sufrir sin sufrir con él, ni ver a alguien llorar sin llorar también”, dijo San Vicente, “Esto es un acto de amor”. [CCD XII:221] Es una conexión emocional, una conexión con nuestra esencia misma, con la parte de nosotros que también siente el calor del amor de Dios cuando contemplamos una puesta de sol o agradecemos nuestras bendiciones. Entregar nuestro corazón al prójimo, a través de nuestra empatía y nuestras palabras, es amar.

Amar con toda nuestra alma nos llama a una comunión más profunda con el prójimo y con Dios. Este amor nos invita a reconocer la misteriosa conexión de todos los creados a imagen de Dios, a vernos no como competidores individuales por los escasos recursos de alimento, vivienda o la gracia de Dios, sino como hermanos y hermanas, sentados a la misma mesa, unidos por el Espíritu Santo, redimidos por el mismo Salvador y compartiendo la abundancia de la providencia de nuestro Dios. Amar con toda nuestra alma no es preguntar qué ayuda “merece” el prójimo, sino preguntarnos cuál es nuestra propia “segunda túnica”.

Amar con toda nuestra mente es buscar aplicar plenamente nuestro don de la razón a los desafíos de la pobreza; buscar comprender las circunstancias que causan la privación del prójimo, que a su vez pueden estar separándolo de la comunidad y de la esperanza de la promesa de Dios. Amar al prójimo con toda nuestra mente nos llama a trabajar creativamente para construir una comunidad en la que haya mayores oportunidades y mayor amor.  Amar con toda nuestra mente no es un simple cálculo, sino un diálogo constante, una búsqueda de puntos en común, un compromiso para lograr el bien que se puede alcanzar.

Amar con todas nuestras fuerzas nos llama a hacer más que sentir, pensar o hablar. Amar con todas nuestras fuerzas nos llama a actuar. “Todas nuestras razones son inútiles”, explicó San Vicente, “si no se traducen en acción”. [CCD XI:175] Y así, nosotros, vicentinos, siguiendo el ejemplo de nuestro patrono y las palabras de nuestro fundador, “vamos a los pobres”, llevándoles el consuelo de nuestros corazones, la solidaridad de nuestras almas, la comprensión de nuestras mentes y… un trozo de pan, una hora de nuestro tiempo, un oído atento y una presencia amorosa.

Contemplar

¿Acompañan siempre mi corazón, mi alma y mi mente mis visitas al prójimo?

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